"Resistir también es amar"
- LatidoSCervecero 1955
- 11 jul. 2025
- 5 min de lectura
Hay vidas que no hacen ruido, pero sostienen el mundo de otros. Mujeres que no escriben discursos, pero educan con actos. Ella es una de ellas. Madre, trabajadora, creyente, incansable. A sus 58 años, la vida no le ha dado tregua, pero ha aprendido a resistir con amor, con disciplina y con sazón.

Cuando se levanta, lo primero que hace es mirar a Rayzer y sonríe. “Ya está despierto, ahora sí empieza el día”, dice Isabel, mi madre, mientras se ata el cabello con firmeza y camina hacia la cocina.
A sus 58 años, la vida no le ha dado tregua, pero ha aprendido a resistir con amor, disciplina y sazón. Nació en el Callao, en una época en la que las calles todavía se sentían familiares. La delincuencia existía, pero aún no tenía la forma agresiva y cotidiana que se ve hoy. Las puertas se dejaban entreabiertas, los niños jugaban hasta tarde, y la palabra “miedo” no era una sombra constante. Su infancia transcurrió entre juegos sencillos y responsabilidades tempranas.
La mudanza a Pueblo Libre marcó el inicio de una etapa de trabajo duro. Junto a su hermano Miguel y su padre Marcos, se levantaba antes del amanecer para repartir frutas por el vecindario. No lo vivía como una carga, sino como parte del deber compartido, de la educación silenciosa que dan los actos. El esfuerzo fue su primer idioma.
En el colegio República Federal de Alemania, la conocían por su puntualidad, su seriedad al estudiar, la manera en que nunca fallaba en sus tareas. Todo lo asumía con el mismo orden que más adelante aplicaría en su vida adulta. Si algo no estaba bien hecho, no valía la pena hacerlo. Esa fue siempre su medida.
Los caminos vocacionales eran limitados para una mujer joven en aquellos años. Lo poco que había no siempre venía acompañado de vocación. Eligió enfermería en el Instituto Carrión, en la avenida Arequipa. Pero los días de internado no fueron lo difícil; el verdadero obstáculo fue su sensibilidad frente a la sangre. No todos los miedos se vencen con voluntad, y supo soltar a tiempo.
En septiembre de 1993, a los 27 años, emprendió el viaje más importante de su vida: emigrar a Argentina con un hijo de apenas un año. Lo hizo buscando un mejor futuro, con la esperanza colgada del tipo de cambio: un peso argentino valía un dólar. Allá, todo parecía estar un paso más cerca.
El destino fue el barrio de Núñez, donde el rugido del estadio Monumental formaba parte del paisaje. Desde la casa donde vivía, alcanzó a oír las canciones de su ídolo, Michael Jackson, durante sus conciertos en Buenos Aires. Tres días en los que las calles se llenaron de multitudes, gritos, desmayos y una energía que aún recuerda como un temblor eléctrico en el aire.
A los pocos meses de llegar, empezó a cuidar a una señora mayor, Valentina, que se convertiría en un refugio afectivo. Más que una empleadora, fue una figura materna en tierra ajena. Le ofreció techo, respeto y una convivencia sincera. Durante los dos años y medio que vivieron juntas, la vida se llenó de pequeñas escenas felices, como aquella vez en el jardín, cuando un vecino comenzó a lanzarle juguetes a su hijo. El niño devolvió uno que no le gustó, provocando una carcajada compartida que aún puede revivir sin esfuerzo.
El regreso a Perú fue también el regreso al trabajo constante. Se integró al negocio familiar de anticuchos, atendiendo como mesera y recepcionista. Lo hacía con precisión, con el mismo sentido de responsabilidad que había aprendido desde niña. Para ella, hacer bien las cosas no era una opción, sino la norma.
Fue ahí donde conoció a un hombre de carácter alegre y tierno, con quien formaría una nueva familia. En agosto de 2004 nació un pequeño y robusto bebé, su segundo hijo: yo. Desde bebé parecía tranquilo, pero apenas fui al jardín, la historia cambió. Me convertí en un “terremoto”, como ella me dice. Profesores, tutores, coordinadores… todos la buscaban. Y ella siempre respondía con paciencia y firmeza, como si supiera que cada etapa tenía su propia tormenta.
Isabel es de carácter fuerte, no se guarda lo que piensa. Es directa, exigente, a veces tan sincera que puede doler. Pero detrás de esa rigidez hay una ternura honda. Su amor por sus hijos, Cristhian y Michael, es incondicional. Y aunque nunca pensó tener una mascota, hoy Rayzer, un Rottweiler grande y juguetón, se ganó un espacio en su corazón. Lo que comenzó como una relación tensa terminó siendo una complicidad diaria.
Hubo momentos difíciles, pero ninguno como el día en que me vio internado en el hospital Carrión. Yo no podía hablar ni comer. Ella, en cambio, lo hacía todo: me cuidaba, me levantaba el ánimo sin decir mucho. Se convirtió en fuerza cuando yo no tenía nada. Fueron años de ansiedad, de incertidumbre, y aun así, nunca soltó mi mano.
Hoy convive con la osteoporosis, un recordatorio silencioso de los años de esfuerzo que su cuerpo ha cargado. Es una enfermedad que debilita los huesos, pero en su caso habla también de una vida vivida con intensidad: madrugadas de trabajo, hijos en brazos, días largos sin descanso. No la dramatiza. Dice que el cuerpo se cansa, pero la voluntad no. Se mueve con más cuidado, claro, pero no se detiene. Porque aunque sus huesos estén más frágiles, su carácter sigue firme. Es otra batalla más que enfrenta con la misma entereza de siempre.
Luego de tantos años de sacrificio, logró comprarse su casa. No fue fácil. Fueron años de jornadas largas, de lágrimas contenidas, pero también de satisfacción. Al fin, un lugar propio. Un techo que no solo protege, sino que representa todo lo que construyó con sudor.
Su devoción al Señor de los Milagros está intacta y permanente. Cada octubre lo acompaña en sus recorridos. En su cartera siempre lleva detentes bendecidos, como pequeñas armaduras de fe.
Mientras cocina uno de sus platos favoritos, el ceviche, la salsa suena a todo volumen. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, canta en medio del ritmo.
Lo que más admiro de ella no está en lo visible. No son solo sus manos expertas en la cocina, ni su orden impecable, ni lo bien que se lleva con todos. Es su resistencia silenciosa, su capacidad de amar sin esperar aplausos, su fortaleza para seguir aun cuando todo duele. La muerte de sus padres la golpeó fuerte, pero en vez de quebrarla, la volvió más firme. Más mamá. Más Isabel.
No tendrá diplomas colgados en una pared. Tiene cicatrices invisibles, logros ganados sin testigos, y una historia que no necesita adornos para ser admirable.
Cuando le pregunto si cambiaría algo de su vida, no lo duda: —No. Volvería a ser la misma. Y volvería a ser tu mamá también —comentó y me abrazó.
Tal vez no se dé cuenta de todo lo que ha hecho por nosotros. Pero cada vez que la escucho darme su bendición antes de salir, o me lanza esa mirada que empuja sin palabras, recuerdo que fue su fuerza la que me enseñó a resistir.
—Sí puedes, hijo.




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