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Jean Marco: entre el fuego y lo que no se olvida

  • Foto del escritor: LatidoSCervecero 1955
    LatidoSCervecero 1955
  • 11 jul 2025
  • 6 min de lectura

El cocinero y freidor de 33 años habla sobre la muerte de su madre, su abandono del diseño gráfico, su amor por Universitario de Deportes y el sueño que aún no deja enfriar.

 

Jean Marco nos abre las puertas de la cocina en la que trabaja desde hace ocho años, entre sartenes, humo y recuerdos. Conversamos sobre la muerte, la familia, el fútbol y los sueños que sobreviven al calor del aceite. UJBM / Michael Relayza

Por Michael Relayza

Nunca lo mencionó, pero su forma de mirar al fuego revela que allí también arde una ausencia. Al ingresar a la cocina donde trabaja, lo primero que vimos fue una pared manchada de grasa, una radio encendida con salsa setentera, y el aroma a carne dorándose como si fuera incienso. Jean Marco no lleva uniforme, pero su mandil dice todo lo que hay que saber: no hay teoría, solo práctica. Lo aprendió todo mirando, fallando y comenzando de nuevo.

Tiene la voz baja, pero segura. Se presenta sin títulos: “cocinero, freidor, ¡papá!”. Luego añade: “dibujante frustrado también”. No hay lamento en su voz, solo la conciencia de quien cambió un sueño por un salario, pero que aún guarda un rincón libre para volver a empezar. “Estudié diseño gráfico en Computronic y Cibertec, pero no tenía cómo comprarme una computadora”, recuerda. Y aunque su trazo ahora no está en papel sino en brasas, la estética sigue importando: “Me gusta que el plato se vea bien”.

Desde 2016 trabaja en la anticuchería Marcos y Laurita de Pueblo Libre. Allí se volvió experto en la parrilla, sin haber pelado antes una papa. Desde entonces, no ha dejado de moverse. Su madre falleció hace poco, luego de una larga cadena de enfermedades iniciadas tras la muerte de su padre en 2019. Desde entonces, Jean Marco vive con la calma de quien ya ha sentido el peso del mundo sobre los hombros.

 

Nos recibe entre calores y ruidos de cocina. Y lo primero que hablamos fue, por supuesto, de la pérdida de su madre.

 

La muerte y la fe sin religión

Jean Marco no cree en Dios, pero sí en los rituales cotidianos: preparar la comida, dar un beso a sus hijos antes de dormir, no dejar un plato mal servido. Para él, lo trascendente está en lo que permanece, incluso si ya no está.

“La muerte es parte de la vida, no algo aparte”. Habla de su madre como quien habla de una voz que aún lo acompaña. “Murió después de muchos años de estar enferma. Yo ya estaba resignado, y ella también”. No imagina un cielo ni reencuentros espirituales. “Mi mamá no está en otro lado, está en lo que soy: en cómo cocino, cómo cuido a mis hijos, cómo trato a mi pareja”.

Cuando habla de ella, baja ligeramente la cabeza. No llora, pero hay un respeto casi sagrado en su silencio. “Mi mamá se desvivía por nosotros. Aun cuando ya estaba enferma, siempre encontraba fuerzas para darme un consejo”.

No ha encontrado otra fe después de su partida, pero sí otra forma de buscar paz. “En mis hijos, en mi pareja, en lo que hago bien. Esa es mi forma de creer. Yo no necesito rezar para sentirme conectado con algo”.

¿Cambió algo en su forma de ver la vida desde entonces? Me volví más agradecido. Antes pensaba mucho en lo que no tenía, ahora pienso más en lo que puedo construir. Y quiero construir algo para mis hijos. Que cuando me vean, digan: “Mi papá no se rindió”.

 

Del diseño gráfico al calor de la cocina

 

Y mientras la ausencia lo marcaba por dentro, por fuera el mundo le exigía seguir: trabajar, cuidar, reinventarse.

No fue una decisión, fue una necesidad. Dejó el diseño porque no podía continuar. “No tenía plata para comprarme una buena computadora. Tuve que trabajar. Mi mamá ya estaba mal y yo tenía que sacar adelante a mi familia”.

Así empezó su camino entre ollas. Comenzó sirviendo caldos y ahora domina la parrilla. “Aprendí todo en el camino. Me gusta la cocina. Me gusta ver que la gente disfrute lo que hago”. El aprendizaje fue rápido, pero no sin tropiezos. “Al comienzo me quemaba, me salía mal el aderezo, pero no me rendí. Cada día me exigía más”.

 

¿Extrañas el diseño?

 

Me encantaba dibujar. Era mi forma de expresarme. Pero algo de eso todavía vive en mí. Por ejemplo, la paciencia. O el detalle visual. Me importa que un plato se vea bien servido. Que tenga forma, color. Eso no se pierde.

La cocina, dice, también tiene algo de arte. Hay técnica, pero también intuición. Y él la fue cultivando con los años: “Ahora soy el freidor principal. Eso no lo pone nadie en un título, pero lo reconozco cuando los clientes regresan”.

Su mayor deseo, confiesa, es estudiar gastronomía y volver también al diseño.“No quiero que se quede como un sueño abandonado. Quiero aprender más. No me cierro a nada. A veces uno tiene que pausar sus sueños, pero no matarlos”.

 

Fútbol, barrio y la herencia de la camiseta

 

Jean Marco es hincha de Universitario de Deportes, desde que tiene memoria. En el barrio de Arcoíris, en Pueblo Libre, ser crema era más que una elección: era identidad.“Mi familia entera es hincha de la U. Yo no podía ser otra cosa”. Lo dice con orgullo, pero sin fanatismo. Como quien lleva en el pecho una herencia que no se cuestiona.

Tiene el escudo tatuado en el pecho y en la pierna. También capitanea un equipo de barrio y trabajo que bautizaron como Cavernícolas FC. “Jugamos los domingos. Nos desconectamos del trabajo. Nos reímos. Soñamos con salir campeones”.

Una de sus historias más queridas ocurrió en Ayacucho. “Viajé solo, sin plata, solo con lo justo para el pasaje. Dormí en una plaza. Pero ganamos, y valió la pena cada minuto”. Y así como celebra los goles, también aprende de las derrotas.“El fútbol me enseñó a perder, a volver a empezar, a trabajar en equipo. Eso me ha servido más de una vez en la cocina, y en la vida”.

No solo juega fútbol. También participa en torneos de ajedrez organizados por la Municipalidad de Pueblo Libre. Tiene tres medallas de oro, colgadas con orgullo en el trofeo de fútbol que fue de su padre.“El ajedrez me enseñó a pensar antes de mover. Igual que en la vida. Y el fútbol me enseñó a volver a correr aunque estés cansado”.

 

Familia: su verdadero refugio

 

Conoce a Pryscilla desde el colegio. Hoy tienen dos hijos: Hugo, de diez años, y Diana, de siete. Dice que ella es su guía. “Me ayuda a pensar mejor, a decidir mejor, a no desviarme”.

Ser padre, afirma, es lo más difícil y lo más hermoso. “Mis hijos me obligan a mejorar. Me ven. Me imitan. Me preguntan cosas que a veces no sé cómo responder. Pero ahí estoy”. A veces llega muy cansado, pero igual juega con ellos, los escucha, los acompaña, se divierte, les aconseja.

Desde que murió su madre, la familia se volvió más cercana. “Nos apoyamos más. Valoro más lo que tengo. A veces no te das cuenta hasta que te falta alguien”.

Jean Marco concibe la familia como un espacio de cuidado y lealtad. “Mi casa no es perfecta, pero es mi refugio. Si todo sale mal allá afuera, sé que aquí siempre hay manos que me sostienen”.

¿Qué espera del futuro? Estabilidad y salud, que mis hijos puedan estudiar lo que quieran. Sean felices y que no les falte lo que a mí me faltó.

 

Seguir adelante

Antes de volver a su estación, acomoda una bandeja. Voltea la carne con cuidado, el humo lo envuelve. De fondo suena Héctor Lavoe. Alguien grita “¡anticucho!” y él, sin apurarse, responde con una sonrisa que no es para el cliente, sino para sí mismo. Está donde debe estar.

Jean Marco no quiere fama. No quiere pasar a la historia. Solo quiere vivir bien, amar a los suyos y dejar algo digno.

Y mientras vuelve al fuego, a los cuchillos, al humo y a la sazón, uno entiende que para él la cocina no es solo un trabajo. Es la forma más real que tiene de recordar, de sostenerse y de seguir soñando. Porque, aunque no cree en milagros, todavía cree en lo que puede construir con sus propias manos.

 
 
 

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